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Conversaciones en el Foro GOGOA. Gorka Moreno, sociólogo

“El Estado del Bienestar se ha hecho añicos, pero hay alternativas”

Javier Pagola

Martes 1ro de septiembre de 2015
Publicado en alandar nº320


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Gorka Moreno habló sobre “El Futuro del Estado del Bienestar en Europa”.
Foto: Mikel Saiz

Gorka Moreno Márquez, es profesor en el Departamento de Sociología y Trabajo Social en la UPV, Director de Ikuspegi (Observatorio Vasco de Inmigración) y miembro del grupo de investigación Partehartuz sobre procesos participativos y democracia. Visitó el pasado mes de mayo el Foro Gogoa, donde tuvimos oportunidad de charlar con él sobre el empleo, las políticas sociales y las alternativas ante la crisis.

¿Cómo nació y qué vigencia ha tenido el Estado del Bienestar en Europa?

El Estado del Bienestar es uno de los grandes inventos de Europa Occidental, germen de la construcción europea y del desarrollo comunitario. Su vigencia se dio durante un periodo relativamente corto, sobre todo en “los 30 años gloriosos” que van del final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 hasta mediados de los años setenta del siglo pasado. En ese tiempo la mayoría de la población disfrutó de cotas de bienestar nunca antes conocidas.

¿Cuál era entonces el contexto?

Fue una época relativamente corta en la historia, en que el pleno empleo y el desarrollo de políticas sociales garantizaron y extendieron los derechos sociales de ciudadanía. El Estado del Bienestar fue un contrato social. Era un tiempo de empleo fordista, con una alta tasa de empleo, eminentemente masculina, con acceso temprano al mercado laboral, larga trayectoria en un mismo lugar de trabajo a jornada completa y altos periodos de cotización. El empleo se convirtió en el garante del bienestar y la puerta de acceso a los derechos sociales. Eran tiempos de certidumbre en que el trabajo contribuía a la identidad personal y creaba fuertes vínculos sociales y de amistad.

¿Qué diferencia ha habido entre el modelo social europeo y el estadounidense?

En Europa se ha entendido que la pobreza, la exclusión y las necesidades sociales no cubiertas son situaciones de carácter estructural y, como tales, debe tener una respuesta estructural y colectiva. Por eso las políticas sociales se han basado en la solidaridad y responsabilidad social. El modelo estadounidense hace mucho más hincapié en la responsabilidad individual de las personas.

¿En qué situación estamos ahora?

El Estado del Bienestar se ha hecho añicos. Pero su reforma actual no es ni irremediable ni neutra, atiende a intereses y factores ideológicos y, por ello, es necesario que sea debatida y criticada. Hay alternativas.

¿Qué pasa ahora mismo en nuestro país?

Aquí, la reforma laboral del Partido Popular ha hecho mucho daño a la cohesión social, ha creado relaciones laborales de inestabilidad e incertidumbre, dañando los salarios y conduciendo a la ultractividad. La juventud es el colectivo más afectado, con situaciones muchísimo peores que las de los mileuristas. Hay empleos sin contrato. Y resulta difícil acceder a las prestaciones por desempleo o a la cotización para pensiones.

¿Qué opina sobre esas ideas de “activación” y “empleabilidad”?

El Contrato social se ha basado en la solidaridad de toda la ciudadanía. Ahora los poderes económico y político pretenden un tránsito a lo individual y nos vienen con el discurso de: “Tú tienes que formarte, tú tienes la clave”. Es un discurso individualista y pernicioso. Pretende persuadir de que el problema no es de la sociedad, sino solo del individuo, quien debe activarse y adaptarse al mercado. Y este discurso se ha generalizado en toda Europa, incluso en los países escandinavos. Hay medidas coactivas para que el individuo intente acceder al mercado laboral y evitar que se acomode a percibir prestaciones. Cesan las garantías sociales en un plazo corto de tiempo y la gente desempleada queda a expensas de la beneficencia privada. Resulta significativo que en la Comunidad Autónoma Vasca las rentas mínimas ya no se tramiten desde los servicios sociales, sino desde Lanbide, la agencia vasca de empleo. Este discurso de la “activación” trae también consigo la idea de que el derecho a una prestación incluya también a cambio una contraprestación por parte del receptor. Las prestaciones sociales se tienen que ganar, se deben merecer. Entretanto, ha habido un auge de la vulnerabilidad, la gama de grises entre inclusión y exclusión se ha ampliado y hay personas cuya situación les ha hecho llegar a ser “inempleables”.

¿Hacia dónde vamos?

No diré hacia un escenario apocalíptico, pero sí a una situación nada halagadora de vencedores y perdedores. El Estado del Bienestar no desaparecerá enteramente, pero las políticas sociales se debilitarán, serán mucho menos garantistas y, acaso, residuales. Y todo ello en términos de una lógica generacional y no de clase social. De hecho, por primera vez en los últimos 200 años, una generación, la compuesta por los menores de 40 años, está en peor situación económica y social que la anterior. Las soluciones personales e individuales no tienen potencial para garantizar la cohesión y la integración de nuestras sociedades.

Las circunstancias han cambiado de manera enorme. ¿Qué hacer para salvar el Estado del Bienestar y las políticas sociales?

Lo primero de todo es reconocer que el pasado no volverá. El Estado del Bienestar, tal y como se entendió, es inviable y elementos como el pleno empleo, el crecimiento económico incesante o un modelo basado en el conflicto social entre capital y trabajo no van a repetirse como en épocas pasadas. Sucede que, como dice Ulrich Beck, el Estado del Bienestar es algo así como un “concepto zombie”. Hay instituciones de la modernidad que, aunque en apariencia mantienen su significado, han perdido gran parte de su contenido. Esto no quiere decir que el Estado del Bienestar sea inservible, sino que hay que sustentar sus cimientos en nuevos ejes que tomen en consideración los cambios sociales que se han dado en estos últimos años.

¿Qué nuevos hechos y datos habría que considerar?

Cualquier reconfiguración del Estado del Bienestar tendrá que incluir en el debate elementos como el envejecimiento de la población, el aumento de personas dependientes, la transformación del mercado laboral, la inclusión de la perspectiva de género, la gestión de la diversidad y la inmigración, el ámbito medioambiental y los límites del crecimiento económico.

¿Y qué va a significar todo eso en nuestra vida cotidiana?

Muchas necesidades sociales van a tener que ser cubiertas y no todo lo hará el Estado del Bienestar. Ha aparecido una creciente pobreza infantil a la que hay que atender. Las parejas jóvenes en que ambos tienen empleo han de conciliarlo con la vida familiar, repartiendo las tareas domésticas o acudiendo a ayuda externa, probablemente de personas inmigrantes que deben ser retribuidas con justicia. Hemos de reflexionar acerca de qué niveles de injusticia estamos dispuestos a aceptar. Darnos cuenta de que una pensión de alrededor de 1.700 euros va a estar financiada por las cotizaciones de varias personas jóvenes con salarios medios de 800 euros.

¿Cuáles son las alternativas al enorme recorte de programas sociales?

Unas inciden en la idea de “proteger al trabajador y no al puesto de trabajo”: proponen que haya garantías para los momentos críticos y de tránsito que se dan en los itinerarios vitales y laborales; cobertura de periodos de formación y de cuidados familiares; seguridad de un empleo básico de 20 horas semanales o 1.000 anuales para el conjunto de la población; contratos en una red en que la persona obtendría derechos por las actividades laborales, sociales o formativas que realiza; o plantean la sociedad cívica, que revaloriza el trabajo voluntario y comunitario. Además, fuera de esa lógica relacionada con la del mercado laboral y la flexiseguridad, hay otras propuestas: la más conocida y debatida es la Renta Básica de Ciudadanía, que no tiene que ver con el empleo y es una prestación incondicional para todo el mundo.

¿Cómo serían viables estas alternativas?

Redefinir las bases del contrato social, aceptando que la pobreza y la exclusión tienen un componente social y exigen una respuesta colectiva, plantea algunas exigencias. Hay que dar alguna vuelta a temas como el decrecimiento o la sostenibilidad del modelo basado en el crecimiento económico. Y las alianzas tendrán que fraguarse en el ámbito de lo moral, de lo ético, en torno a la solidaridad y la cooperación frente al individualismo. Esas alianzas tendrán que replantearse no solo el qué y el cómo, sino también quiénes serán los agentes de cambio que participen en ellas. Hay reservas éticas en Europa. Y quizás haya que articular coaliciones hasta hace un tiempo algo extrañas. Por citar un ejemplo, la Iglesia –y, sobre todo, su vertiente más social– puede tener un gran potencial en este campo, ya sea por su grado de implicación con aquellas personas en peor situación, ya sea también por el grado de legitimación social que puede tener.

¿Y la reforma fiscal?

Esa es la madre del cordero, la clave. No se trata solo de conseguir mucho o poco dinero, sino de saber y decidir de dónde se obtiene. Las cargas impositivas deben ser equitativas y no han de nutrirse solo de manera horizontal de las rentas del trabajo, sino también de modo vertical de las rentas del capital. Bajar impuestos no es una política progresista y mucho menos lo es bajar los impuestos a quienes más tienen. El sistema de pensiones requerirá una financiación mixta procedente de las cotizaciones y de los Presupuestos del Estado, como ya sucede en Francia.

¿Europa se olvidará otra vez de los más pobres de la Tierra?

La brecha Norte-Sur es muy grande, pero la responsabilidad no es únicamente de los ciudadanos europeos. Por cierto, además de abrir puertas a los inmigrantes debemos considerar que una Europa demográficamente envejecida necesita que sigan llegando inmigrantes y no, precisamente, solo personas cualificadas laboralmente. Otra cosa es que perciban retribuciones justas y seguridad de prestaciones sociales y futuras pensiones. Levantar aquí el Estado del Bienestar supone mostrar que es posible extenderlo también a los países empobrecidos.



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