El día 1 de noviembre se celebra una gran fiesta, la fiesta del AMOR por excelencia; ser santo es amar de verdad. Pero el amor no es ninguna cosa exclusiva del pasado ni del futuro, lo es también del presente: por tanto, hoy es la fiesta de los que murieron amando y también de los que pasan hoy por la vida siendo testigos del amor.

Hoy es la fiesta de aquellos y aquellas que murieron o viven todavía siendo auténticamente pobres, porque lo fían todo al Padre dejando un poco de lado los poderes humanos, las influencias de los demás y los propios aires de grandeza. De aquellos y aquellas que no buscaron ni buscan en la fe una seguridad, sino un riesgo y un compromiso. De aquellos, cuya disponibilidad es tan grande que, como María, llegan a hacerse servidores de los demás.

La de aquellos y aquellas cuyo lema fue o es la mansedumbre; la de quienes, al darles en una mejilla, ponen también la otra. La de quienes están convencidos que siempre hay que dar una segunda oportunidad a los demás porque nadie merece ser condenado a la primera. La de quienes, en momentos de tensión, trabajan con su ejemplo y su palabra para que todo vuelva por caminos de reconciliación, en vez de provocar disensiones, rencillas y enfrentamientos.

También la de quienes lloran, porque hacen todo lo que pueden para conseguir que el mundo pueda ser cada día un poco mejor, a sabiendas de que la paga que les espera va a ser la incomprensión, el desprecio y en muchos casos incluso la persecución. La de quienes lloran de pena y de lástima, a veces de rabia, ante tanta corrupción, tanto consumismo insolidario y tanta injusticia abusiva y explotadora.

La de aquellos niños que, precisamente por estar abandonados, se sienten mercancía del capricho y de la lujuria de unos desalmados. La de aquellos otros que no saben lo que es la sonrisa porque sus compañeros más íntimos han sido siempre el dolor, la miseria y el hambre. Es la fiesta de aquellos ancianos que viven solos o abandonados, o la de aquellos otros que no necesitan magníficas residencias, sino el cariño de los suyos y la comprensión de los demás. O la de aquellas familias que lloran sin consuelo porque un drama de alcohol, de droga, etc.… se ha cebado con ellas.

La fiesta de quienes tienen ganas de que la verdadera justicia se implante ya de una vez. La fiesta de quienes son perseguidos o mal mirados por pensar de forma diferente a como piensa la mayoría o por ser críticos y mantener posturas diferentes respecto a la forma de entender o de vivir la fe y la vida. Es la fiesta de los que no tienen nadie que abogue por ellos ni cuentan con ningún tipo de influencia, y por eso saben que siempre serán los últimos, o lo que es peor, quedarán relegados al olvido.

Es la fiesta de quienes aún creen en la misericordia; es decir, la de todas y todos los que están dispuestos a ceder siempre, aunque los demás no cedan nunca, de los que devuelven bien por mal, de los que creen que corregir a los demás se ha de hacer desde la compresión y desde el amor en vez de hacerlo desde la crítica punzante y el deseo de humillación. De quienes están siempre a punto para perdonar sin pedir a cambio que a ellos también los perdonen. De quienes no hacen ruido, pero en cambio se dejaron o se dejan la piel por suavizar tensiones, limar asperezas, hacer la convivencia un poco más agradable.

Es la fiesta de quienes llevan una vida limpia, porque su corazón no está manchado por la malicia ni la suspicacia. La fiesta de quienes piensan que la honradez y la honestidad no pueden ser nunca una excepción sino el estilo y la pauta normales de nuestro vivir y de nuestro actuar. La de aquellas y aquellos que han experimentado que la sinceridad trae problemas, pero en cambio ofrece una tranquilidad de conciencia impresionante. Es la fiesta de aquellas parejas que se quieren cada día un poco más, en vez de aguantarse un poco menos.

Es la fiesta, finalmente, de quienes buscan la paz, a pesar de que por buscarla se los persiga. La de aquellas y a aquellos que quizás no gritan en manifestaciones, pero trabajan de forma callada y silenciosa para que desaparezcan los enfrentamientos y se produzca una verdadera reconciliación entre pueblos y naciones, entre familias, entre personas e incluso en el interior de cada persona. Es la fiesta también de los que creen que la verdadera paz no es nunca fruto de pactos ni de negociaciones sino del perdón y de la generosidad. La fiesta de los que prefieren decir que ellos son los que están equivocados y que la razón la tienen los demás. Es la fiesta en definitiva de los que creen que la paz es fruto sobre todo del amor.

Hoy es, pues, la fiesta de todos ellos: de San Pedro, San José, de Teresa de Jesús, de san Romero de América, de los jesuitas asesinados en el Salvador, de Teresa de Calcuta, de Luther King, de Gandhi, de Carlos, de Pilar, de los que trabajan en la tienda de al lado, de los vecinos del 4º, de vosotros, Miguel Ángel, Pepa, Charo, Cristina, de vuestros padres y hermanos, de todos aquellos a quienes quisisteis y ellos también os quisieron pero ya os han dejado; es la fiesta de todas y todos porque a todas y a todos nos ha penetrado el amor del Padre. Hoy es la fiesta de los que creemos o nos gustaría creer que el amor es lo más maravilloso.

Por tanto, a todas y a todos vosotros: ¡F E L I C I D A D E S!!!!!!!